Capítulo 6 – Desenlace
Cuando Lucía salió de la comisaría, una bruma espesa parecía haberse instalado en su pecho. Había entregado el cuaderno. Había hablado. Ahora, lo que siguiera, ya no estaba en sus manos.
La policía no tardó en actuar. Esa misma tarde, dos oficiales fueron hasta la casa de Sadicca. Tocaron la puerta. Ella abrió.
Estaba serena. Demasiado.
—¿Gabriel se encuentra en la casa? —preguntó uno de los agentes.
—Está descansando —respondió, sin cambiar el tono.
Pidieron pasar. Ella no se opuso. La casa olía a canela y humedad. Todo estaba limpio, como una postal que simula normalidad.
Pero al no encontrar a Gabriel en ninguna habitación, pidieron revisar más a fondo.
Fue uno de los agentes quien notó una trampilla semioculta, bajo una alfombra en el lavadero. Al abrirla, el hedor los golpeó como un grito.
Bajaron con linternas.
El sótano era pequeño, mal ventilado, y tenía una lámpara colgando que titilaba con intermitencia. Y ahí, entre cajas de frascos vacíos, baldes de plástico y una cuna oxidada, estaba Gabriel.
Atado de pies y manos con cables eléctricos. El torso desnudo, lleno de moretones, cortes con objetos punzantes, quemaduras leves en el pecho y marcas de uñas en la espalda. Tenía un ojo cerrado por la hinchazón, sangre seca en la comisura de la boca y un alambre de púas enrollado en un tobillo, como un anillo de tortura.
Respiraba.
Pero apenas.
El terror gore no residía solo en el daño físico. Era la atmósfera: una zamba sonaba desde una radio vieja, con un ritmo lento, melancólico, casi amoroso. Y sin embargo, el horror estaba ahí, latiendo. En una pared, un dibujo torcido mostraba a una madre, un padre y una bebé con corazones rojos. En un rincón, una torta sin velas. Y sobre la mesa, una jeringa sin usar.
Lo desataron con cuidado. Gabriel gimió apenas. La linterna tembló en la mano del oficial.
Arriba, Sadicca seguía cebando mate.
La detuvieron sin resistencia.
Gabriel fue trasladado al hospital. Pasó la noche sedado, en terapia intermedia.
Lucía, que se había ido a su casa después de hacer la denuncia, se enteró de lo sucedido al día siguiente. Fue directo al hospital. No preguntó nada. No necesitó permiso.
Se quedó.
Cuidó a Gabriel.
Y cuidó a la bebé.
Por orden judicial, le fue asignada la tenencia transitoria bajo custodia, como figura protectora mientras se definía el futuro legal de Sadicca. Nadie protestó. Todos sabían que, sin Lucía, nada habría salido a la luz.
Sadica fue evaluada por peritos psiquiátricos y médicos. Su historia alimentaria apareció como un dato irrelevante al principio, hasta que se profundizó: años de consumo excesivo de azúcar, carbohidratos, golosinas. Dietas extremas, ayunos interrumpidos, atracones. Un cóctel metabólico sostenido durante décadas.
El diagnóstico fue contundente: una forma acelerada de demencia con rasgos psicóticos, compatible con una variante de Alzheimer precoz con deterioro emocional severo.
No estaba en condiciones de ser juzgada como una persona plenamente imputable.
No fue a la cárcel.
Fue derivada a una institución neuropsiquiátrica.
Con el tiempo, Gabriel recibió el alta. Volvió con su hija a la misma casa donde había empezado todo, aunque reformada. La habitación del sótano fue sellada.
Lucía lo visitaba con frecuencia. Compartían tareas, silencios, cuidados.
Las hijas mayores de Sadicca quedaron a cargo de la abuela materna, que nunca preguntó demasiado. Ni quiso hacerlo.
El tiempo pasó.
La casa se llenó de juguetes, pasos pequeños, meriendas compartidas.
Pero Gabriel no volvía a dormir profundamente.
Cada vez que alguien golpeaba la puerta, su cuerpo se tensaba.
Porque aunque la justicia le hubiera puesto un candado al caso, había algo que no podía cerrarse del todo.
Sadicca estaba viva. Y su mente, aunque deteriorada, tenía momentos de lucidez.
A veces, desde la institución, preguntaba por su hija.
A veces, escribía cartas que nadie se atrevía a entregar.
Y el pueblo, como siempre, volvió a callarse.
Las desapariciones nunca hacían ruido.
Pero algunos ecos, simplemente, no se van.
Lucía, cada tanto, se informaba de la salud de Sadicca.
En el último informe que le dieron, los médicos se mostraron optimistas.
Uno de ellos escribió, casi con alivio:
“La paciente ha mostrado signos de mejora. Volvió a pedir escuchar una zamba.”
Terror gore* Autora Silvia L Reynoso
*Terror gore es una subcategoría del género de terror que se caracteriza por mostrar escenas explícitas de violencia física, mutilación, sangre y sufrimiento corporal extremo. Su intención no es solo asustar, sino impactar visual y emocionalmente, llevando al lector o espectador a una sensación de incomodidad visceral.
El gore no sugiere: muestra, y lo hace con crudeza. Los cuerpos son vulnerables, el dolor es visible, y la atmósfera suele ser opresiva, repugnante o mórbidamente fascinante. Puede tener elementos estéticos potentes (como lo grotesco o lo poético dentro del horror) y muchas veces se mezcla con lo psicológico, lo doméstico o lo ritual.
