Capítulo 4 – Los novios de la seño Sadicca, simplemente, se van.
En el pueblo, las desapariciones no hacían ruido.
Algunos vecinos decían que se iban por trabajo.
Otros, que volvían con sus ex.
Otros, simplemente, dejaban de aparecer.
Uno tras otro.
Lucía, su compañera de trabajo en la escuela, empezó a notar ciertos patrones.
Frases repetidas.
Tiempos similares.
Despedidas frías.
Un día, revisando papeles en la sala de maestros, encontró un cuaderno encajado entre carpetas viejas de Lengua.
Era rojo, con la tapa blanda y sin nombre.
Lo abrió.
Solo algunas páginas.
Frases sueltas:
“Se quiso ir sin entender.”
“Otra vez el mismo vacío.”
“No lo soporté más.”
Sintió un escalofrío.
No quiso seguir leyendo.
Lo volvió a colocar en su lugar, pero recordó perfectamente dónde estaba.
A fines de ese verano, llegó Gabriel al pueblo.
Electricista.
No era alto, pero su cuerpo era sólido, fornido, con un cuello grueso, manos viriles, y una barbita desprolija que enmarcaba su rostro masculino.
Llevaba rastas atadas hacia atrás, como un guerrero tropical.
Y ese aire distinto lo hacía destacar entre todos.
Lo conoció una noche en una fiesta popular, de esas que el pueblo arma con banderines desteñidos y mesas largas.
La zamba empezó a sonar entre los parlantes, y Sadicca, de vestido oscuro y paso firme, se levantó a bailar.
No lo hacía para seducir.
Lo hacía como si el ritmo la llamara.
Con un pañuelo en alto, el cuerpo erguido, los giros suaves pero precisos, y una mirada fija que no temblaba ante ninguna otra.
Gabriel la vio.
Y fue eso.
No la deseó: la necesitó.
Después de ese baile, no hubo vuelta atrás.
No pasó una semana sin que ella lo invitara a su casa.
Y lo demás fue cuerpo.
Cuerpo y más cuerpo.
Gabriel se entregó al deseo.
Sadicca se entregó al amor.
Porque para ella, Gabriel nunca fue uno más…
Y cuando llegó el momento, sin vueltas, sin miedo, lo miró a los ojos y dijo:
—Estoy embarazada.
Él no reaccionó de inmediato.
La frase cayó como una piedra en un estanque.
El deseo se le apagó.
No era amor.
No era plan.
No era el momento.
Sin embargo, respondió con la voz del deber:
—Voy a hacerme cargo.
No lo dijo por ella.
Lo dijo por lo que venía.
Y Sadicca lo supo.
Eso fue el principio del fin.
Capítulo 5 – La línea que se cruza
El embarazo avanzó en una tensión que no encontraba tregua.
Gabriel dormía en el sillón.
Sadicca lo observaba desde la cocina, donde siempre había algo hirviendo.
La violencia ya no era esporádica, era el clima.
Las discusiones eran parte del desayuno.
Las amenazas, de la merienda.
Un día cualquiera, durante una de esas peleas sin testigos, ella tomó un cuchillo y se lo clavó en el pecho.
No con furia, sino con una calma gélida, como quien acomoda algo fuera de lugar.
No lo mató.
Pero le dejó una herida y una certeza:
debía irse.
Cuando nació su hija, Gabriel se prometió no abandonarla.
Quería cuidarla, estar presente.
Pero no a costa de su cordura.
Sadicca insistía con la idea de familia.
Quería fotos, salidas, una postal.
Gabriel no podía dárselo.
Una noche, después de otra jornada de gritos en voz baja y silencios en voz alta, Gabriel se paró frente a ella.
—No podemos seguir así —dijo, con voz firme—.
Me voy.
Voy a seguir ocupándome de nuestra hija, pero no voy a seguir viviendo con vos.
Esta tarde voy a hacer un trabajo en lo de Lucía.
Y cuando vuelva, voy a empezar a armar mis cosas.
Me voy a mudar.
Sadicca no dijo nada.
Solo asintió.
Una máscara impenetrable.
Ni lágrimas, ni enojo.
Eso era lo que más asustaba.
Gabriel llegó a la casa de Lucía esa tarde, como lo había dicho.
Tenía el rostro demacrado, los ojos cargados de algo más que cansancio.
Tenía aspecto de hombre al que le estaban limando el alma.
Lucía lo notó desde que abrió la puerta.
Le ofreció agua, y mientras él revisaba los tomacorrientes y el tablero, le habló con tono suave, como si ya supiera que algo se estaba por romper.
Gabriel, finalmente, se quebró.
Habló.
Contó todo.
Las discusiones, el cuchillazo, los controles, la imposibilidad de vivir.
Contó su miedo, su culpa, su cansancio.
Habló de la hija, de la cárcel emocional en la que vivía.
Lucía escuchó.
No con sorpresa, sino con una comprensión amarga.
Y entonces recordó aquel cuaderno rojo.
El que una vez hojeó en la sala de maestros.
El que había vuelto a su mente como una sombra.
Era el momento.
Gabriel terminó el trabajo.
Lucía lo despidió con una mirada que decía más que las palabras.
Y apenas cerró la puerta, se fue directamente a la escuela.
Entró a la sala de maestros.
Buscó el estante donde había encontrado el cuaderno.
No estaba.
Sintió un vacío en el pecho. Estuvo a punto de irse.
Pero al cerrar la puerta, algo la detuvo.
Giró.
Revisó un mueble lateral, uno que casi nunca se usaba.
Movió carpetas viejas, un telgopor polvoriento…
Y ahí estaba.
Lo abrió.
Esta vez, leyó todo.
Una página tenía el nombre de Gabriel.
Anotaciones como dagas:
“Me quiere dejar.”
“Todavía no entiende.”
“La hija lo va a atar, o lo va a enterrar.”
Lucía cerró el cuaderno, se lo guardó en el bolso y salió sin mirar atrás.
Esa misma noche, fue a la comisaría.
Y habló.
Terror y violencia sangrienta. Autora Silvia Reynoso.
