La mesa de Shane Henderson (Shani)
La Mesa de Shane Henderson (proteínas, gatos y decisiones correctas).
Día lunes – Medallones de pechuga al horno con cúrcuma y albahaca
Había una vez una ciudadana estadounidense llamada Shane Henderson, aunque en su barrio costero de la provincia de Buenos Aires todos la conocían simplemente como Shani.
Decían Shani con cariño, como si así suavizaran la extranjería de su nombre y la magia rara que la rodeaba.
Shani promediaba los 55 años. Había sido hippie en su juventud californiana, de esas que viajaban en camionetas pintadas con flores y recitaban poemas con una margarita entre los dientes. Y aunque los años la habían asentado en una casa de techito azul frente al mar, nunca abandonó del todo aquella versión de sí misma.
Vestía como un cruce entre granjera del Midwest y sacerdotisa de feria holística: blusas amplias con bordados, faldas largas con estampas florales, pañuelos al cuello, y un collar de cuentas que, según ella, «sentía cuándo iba a llover».
Tomaba té frío con yerba mate, le agregaba hojitas de menta y decía que así «activaba las buenas memorias».
Vivía con tres gatos:
Ducedo, el tuxedo elegante, siempre impecable y silencioso.
Calicó, la gata tricolor, suave, mística, y dueña de todas las verdades.
Tabio, un atigrado con sobrepeso emocional y una lengua afilada que no perdonaba sentimentalismos.
Ese lunes, Shani preparó medallones de pechuga con cúrcuma y albahaca.
Sirvió la mesa para dos.
Los gatos tomaron sus lugares.
Tabio estaba en la mesada cuando Shani giró con el cucharón en mano:
—¡Tabio, por favor! ¡Bajate de ahí! Eso es de Osvaldo.
—¿Osvaldo tendrá bigotes largos? —respondió, relamiéndose.
—Pórtense bien. Está por llegar. No quiero que lo espanten.
—¿Y si viene con rascador? —murmuró Tabio, ahogando la risa.
—¡Tabio!
—¡Perdón, perdón! Es la cúrcuma, me activa los chistes.
—No seas vulgar, Tabio —dijo Ducedo, sin levantar la vista del plato—. Esta es una mesa de respeto.
Calicó intervino:
—Hoy le puso albahaca. Eso es esperanza.
Shani sonrió, miró el reloj, y murmuró:
—Lo conozco. A esta hora, siempre se pone nostálgico.
Comieron. Y mañana -pensó- seguro llega.
Día martes – Albóndigas de carne magra con puré de coliflor y pimentón dulce
Shani soñó con Osvaldo: le decía que preparara algo rico.
Se abrigó, fue a la despensa, compró carne magra, coliflor, perejil y nuez moscada.
A la noche, puso dos platos. Uno para ella. Uno para Osvaldo.
Los gatos se acomodaron.
—¿Albóndigas? —dijo Tabio—. ¿Con puré y otra ausencia?
—Te recuerdo que ella usa carne magra —intervino Ducedo—. Al menos la ausencia es saludable.
—¡Tabio! —regañó Shani—. Te dije que hoy sí viene.
—¿Con o sin excusas?
—¡Cállate! Hoy me lo dijo en un sueño.
Calicó, sin mirar a nadie, dijo en voz baja:
—Hoy le puso nuez moscada. Eso es nostalgia condimentada.
Shani miró la silla vacía.
—Solo está resolviendo cosas.
Comieron. Otra vez.
—
Así transcurrían las semanas proteicas de Shani Henderson
Durante semanas —quizás meses— Shani cocinó para alguien que no llegaba.
Los gatos comieron saludable, con el pelaje brillante y los ojos vivaces.
Shani también: delgada, enérgica, con una esperanza que se renovaba en cada plato.
Hasta que un miércoles, ocurrió algo inesperado.
—
Recuperación de archivo – La noche en que Shani recordó
Mientras picaba vegetales, el cuchillo resbaló de sus manos y cayó en la pileta.
El sonido metálico fue seco, certero. Algo en ella se detuvo.
—¡Uy! —dijo Tabio desde la mesada—. ¿El cuchillo también espera a Osvaldo?
—Silencio —ordenó Ducedo.
—Yo solo registro señales —replicó Tabio.
—Eso no fue una señal —dijo Calicó, sin moverse—. Eso fue un recuerdo que volvió solo.
Shani ya no los escuchaba.
Estaba en otro plano.
Y entonces recordó.
Recordó que fue ella quien liberó a Osvaldo.
No porque no lo quisiera.
No porque no hubiera ternura o deseo.
Sino porque un día comprendió que Osvaldo no la podía sostener.
Ella no temblaba por sí misma.
Temblaba porque Osvaldo no tenía la firmeza para sostenerla.
Y un diamante, cuando no lo sostienen bien, vibra hasta quebrarse.
Ella lo vio.
Lo supo.
Y una tarde, con la voz más calma que nunca, le dijo:
—“Te libero.
No vas a poder contenerme.
Y aunque te quiera, aunque te aprecie, prefiero que no vuelvas.
Porque esta relación no va a funcionar.
Y yo necesito paz, no vértigo.”
No lo dijo llorando.
Lo dijo con amor.
Con lucidez.
Y con una certeza que, durante tres años, había elegido olvidar.
—Portate bien, Tabio —dijo Shani, mientras juntaba los vegetales ya picados—.
Y bajate de ahí que eso es de todos.
Tabio bajó con un salto ceremonioso, con esa mezcla de culpa fingida y picardía profesional.
Shani terminó de preparar la cena.
Con el mismo cuidado de siempre.
Pero esta vez, sin espera.
Cuando todo estuvo listo, puso los cuatro platos sobre la mesa.
Uno para ella, y tres pequeños cuencos para sus compañeros de cena.
Los gatos se acomodaron como cada noche.
Pero algo había cambiado.
—¿Hoy no servís para dos? —preguntó Tabio, ya instalado en su lugar.
—Hoy sirvo para nosotros —dijo Shani—. Los que sí vinimos.
—¡Ay, qué filosófica! —exclamó Tabio—. Pasame la servilleta que me está cayendo una lágrima de pavo.
—Sos insoportable —murmuró Ducedo, sin mirarlo.
—Y adorable —agregó Calicó.
Shani sonrió.
Y entonces los cuatro, al unísono, desearon que Osvaldo no viniera.
