🌑 Segunda parte: El juicio a la estrella


Había llegado sin anunciarse.
Una estrella errante.
No orbitaba. No pedía. No dependía.
Era libre, viajera,
llena de energía tibia y azul.

Al aproximarse, vio al Sol.
Lo notó temblando en su centro,
rodeado de planetas que giraban con rencor,
alimentándose del caos que él mismo había sembrado.

La estrella lo vio y pensó:
Quizás, si le explico cómo realmente funciona un sistema solar sano,
pueda ayudar a ese Sol.

Se acercó con suavidad, sin invadir.
Le habló del calor genuino,
de soles que no castigan,
de sistemas donde los planetas crecen y brillan por sí mismos.

El Sol, intrigado, la dejó entrar.
Y por unos días, algo en él brilló distinto.
Su luz se volvió más suave, más limpia.
Una vibración desconocida recorrió el sistema.
Una vibración que no venía del conflicto,
sino de la posibilidad.

Pero los planetas lo notaron.
Y no lo soportaron.

Vieron al Sol distinto,
y no lo soportaron.

Porque si el Sol cambiaba,
todo el sistema cambiaría.
Y entonces ¿qué serían ellos,
si dejaban de ser víctimas de un centro cruel?

La envidia los consumió.
Y uno a uno comenzaron a atacar a la estrella.

Uno la difamó,
esparciendo mentiras con forma de pequeñas lunas falsas.
Otro, con voz dulce y temblorosa,
le dijo que su luz era una amenaza,
que no era tan brillante como creía,
que no conocía “el verdadero funcionamiento del sistema”.

El tercero, el más oscuro,
la acusó de haber sembrado discordia,
de provocar un eclipse innecesario,
de creerse superior por no girar en torno a nadie.

Se aliaron.
Se unieron en su hostilidad.
Aunque ni siquiera se querían entre sí,
se unieron para destruirla.

Le dijeron que su energía era arrogante.
Que su presencia era invasiva.
Que venía a alterar lo que ellos habían aceptado como destino.

Pero la estrella no se quebró.
Ni por un segundo dudó de su esencia,
ni de los principios que traía consigo.
Se sostuvo firme.
Con convicción y dignidad.
No necesitaba imponerse:
su sola presencia era una posibilidad diferente.

Intentó explicar.
Con respeto, con firmeza, con claridad.
Les habló de equilibrio.
Les habló de dignidad orbital.
Les habló de luz sin sometimiento.

Pero fue inútil.
No querían escuchar.
Querían silenciarla.

Y mientras tanto, el Sol,
testigo de todo,
guardó silencio.

No porque no la valorara.
La valoraba.
Había sentido en ella algo distinto,
algo nuevo, algo real.

Pero ya estaba demasiado inmerso
en ese sistema que él mismo sostenía.
Un sistema que lo consumía
y al que, sin embargo, seguía alimentando.

Y así, el sistema siguió funcionando
como siempre había funcionado:
con violencia sorda,
con alianzas oportunistas,
con órbitas llenas de reproches.

La estrella, en medio del juicio,
comprendió que no había lugar para ella allí.
Y entonces surgió la pregunta inevitable:
¿Qué podía hacer la estrella ante una situación como esa,
y en un sistema solar que retroalimentaba su destrucción?


Deja un comentario