Una historia de objetos que nunca se fueron
Había una vez un acumulador de trastos.
Vivía solo, pero su casa parecía habitada por fantasmas de objetos que alguna vez tuvieron sentido.
Todo estaba lleno.
Lleno de lo que no funcionaba.
De lo que se rompió.
De lo que fue y ya no es.
No tenía una heladera.
Tenía una historia de una heladera que donó.
Nueva, flamante, con estantes brillantes y luz interior.
Se la habían regalado con amor.
Y él, a las pocas semanas, la entregó a otro.
—Demasiado blanca —dijo—. Muy moderna. Muy… invasiva.
—Además —agregó con tono entre trágico y cool—: yo soy un bohemio desapegado.
Pero sí tenía una heladera vieja.
Una que hiciera ruido.
Una con puerta floja.
Esa no la entregaba.
Una colección de cosas que no servían,
pero que lo hacían sentir acompañado.
En su mundo, lo funcional incomoda.
Lo nuevo asusta.
Lo roto consuela.
Y entonces, una noche,
cuando ya no cabía ni un alfiler emocional más en su casa,
los trastos se levantaron.
Y lo llevaron a juicio.
⚖️ El juicio de los que no se van
El tribunal se armó en su propio living.
Presidido por una tostadora fundida,
rodeado de una lámpara sin foco, un par de ojotas solteras
y una agenda del 2009.
Los testigos comenzaron a declarar:
🔌 La tostadora quemada:
—Llevo años sin funcionar.
Él me guarda con la excusa de que algún día va a aprender a arreglarme.
Soy el trofeo de su intención nunca concretada.
💌 La carta sin firma:
—No sabe quién la escribió. Solo dice “te extraño”.
Pero la leyó tantas veces que me asignó una historia.
Soy la base de una emoción sin origen.
Y eso, para él, es suficiente para retenerme.
📱 El celular roto:
—No tengo señal ni memoria, pero contengo imágenes de otra versión suya.
Soy el amuleto de su melancolía portátil.
🪞 Los vidrios rotos:
—Nos guarda por si se rompe una ventana,
aunque no tenga ventanas rotas ni herramientas para cortarnos.
Cada vez que se acerca, se lastima.
Y aún así, vuelve.
Porque nos mira y se ve: agrietado, dramático, intacto en su dolor.
🛏️ Los colchones viejos:
—Fuimos cómplices de su época de gloria íntima.
Ahora estamos húmedos, doblados, con moho.
Pero aún conservamos el eco de lo que lo hizo sentir poderoso.
Y por eso nos retiene.
🚘 El auto que ya no arranca:
—Fui su compañero de ruta y huida.
Ahora estoy destruido, pero me sigue considerando “irremplazable”.
No me arranca.
Ni me suelta.
⚖️ El veredicto
Tras largas deliberaciones, la tostadora golpeó la cuchara contra la mesa:
—¡Culpable!
De nostalgia crónica,
autoengaño reincidente,
y retención afectiva innecesaria.
El juez —una lámpara sin foco— ordenó la purga.
Tirar. Soltar. Renovar.
🥀 Pero cuando él quiso soltar…
los trastos hablaron.
Y lo hicieron con lágrimas secas, moho y reproches sentimentales.
🔌 La tostadora, llorando migas:
—¿¡Después de todo lo que vivimos!?
¡Solo necesito una resistencia y tu amor!
¡No me tires! ¡Yo sé que podés arreglarme!
💌 La carta sin firma, susurrando papel arrugado:
—¿Y si algún día descubrís quién soy?
¿Y si era tu amor verdadero?
¿De verdad vas a deshacerte de mí con esa duda?
📱 El celular roto, con pantalla partida en cruz:
—¡La selfie con los pañuelos a cuadros en la cabeza!
¡Ese audio donde llorabas y después decías “todo bien”!
¡No me apagues así! ¡NO ME APAGUES!
🪞 Los vidrios rotos, con cortes frescos:
—Un cortavidrio cuesta nada. ¡Pedilo prestado!
¡Y por favor no me tires!
¿Quién más te devuelve esa imagen dramática, rota y psicópatamente tuya?
🛏️ Los colchones, gimiendo humedad:
—Tus noches gloriosas.
Pasiones que no viviste con más nadie.
Prácticas originales.
Testigos de gemidos que escuchó todo el barrio.
¡Vos nos mojaste!
Nosotros creímos en vos.
Nosotros creímos en vos.
Te entregamos lo mejor de nosotros.
Y vos nos engañaste.
Pero nosotros, aún así,
te volveríamos a abrazar… si nos necesitás.
🚘 El auto, con bocina ahogada:
—¿Me vas a vender?
¿Después de todo lo que recorrimos?
Nadie más te bancó como yo, con el tanque vacío y el alma rota.
No me dejes.
Soy tu historia con motor.
Tu pasado estacionado.
Aunque no te lleve a ningún lado…
soy tuyo. Siempre tuyo.
🌑 Final — El día que casi tira los trastos.
El acumulador tembló.
Sintió el peso de cada objeto.
La humedad, el moho, los recuerdos.
Las voces, los susurros, los reproches.
Abrió la bolsa de residuos.
Agarra el primero.
Pero una voz lo detuvo.
Otra lo lloró.
Otra lo halagó.
Otra lo culpó dulcemente.
Y así, uno por uno,
cada trasto volvió a su lugar.
Los acomodó.
Les limpió el polvo.
Les prometió que todavía no.
Que los necesitaba un poco más.
Que no los olvidaba.
Y se quedó ahí,
rodeado de restos, de objetos sin función,
de fragmentos emocionales y pedazos de pasado.
Porque, al fin y al cabo,
aunque duela, aunque no sirva,
mañana también es un buen día
para rodearse de lo que ya no sirve,
pero le es conocido.
Familiar. Rutinario. Controlable.
Más fácil que abrir espacio a lo nuevo.
Fin.
(O no, porque el acumulador sigue acumulando…)
