SADICCA – PRIMERA PARTE.
(Suspenso – Terror Gore – Autora: Silvia Reynoso)
Capítulo 1 – La primera incisión
La luz roja de la lámpara apenas alcanzaba para ver las paredes descascaradas del galpón. Afuera, el viento golpeaba los árboles como si la noche intentara advertir algo. Dentro, reinaba un silencio denso, expectante, perforado solo por el sonido de la respiración entrecortada del hombre atado.
Era grande, robusto. Tenía las muñecas sujetas con alambres que se le hundían en la carne. La boca tapada con cinta gris. El torso desnudo. El pantalón apenas colgando de la cadera. La sangre ya le manchaba los costados por haber forcejeado en vano.
Ella entró descalza.
Vestía un camisón blanco con manchas de algo que no era pintura. El cabello, mojado, le caía sobre el rostro. No tenía apuro. Caminaba como quien repite una coreografía estudiada. Traía una bandeja metálica con objetos alineados con precisión: bisturíes, una pinza de depilar, un rallador, una vela encendida, un pequeño martillo.
El hombre intentó gritar. Ella lo miró en silencio.
—Shhh… Vas a gastar lo que te queda de aire.
Apoyó la bandeja a su lado, se agachó y le sacó la cinta de la boca con un tirón seco. Él lanzó un quejido, un intento de súplica que se ahogó con la saliva y el miedo.
—¿Te acordás de mí? —preguntó sin emoción.
Los ojos del hombre se abrieron más de lo posible. Sí. La recordaba. Pero no podía articular una palabra.
Ella se acercó al oído.
—Tu silencio me dolió más que lo que estoy por hacerte. Así que… vamos a equilibrar las cosas.
Le mostró un bisturí quirúrgico. Brillaba. Relucía. Tenía la frialdad de quien nunca fue amado.
El primer corte fue vertical, desde el hombro hasta la cintura. No buscaba matar. Quería esculpir el dolor.
La sangre brotó como una flor negra. Él gritó. Ella sonrió.
Luego fue el pecho: pequeños cortes transversales, uno al lado del otro, formando una cuadrícula perfecta.
—»Así dividimos la culpa», dijo mientras lo hacía.
Le arrancó una uña con la pinza. Después otra. Y otra.
El rallador de cocina hizo su entrada con elegancia. Lo pasó por los muslos, por el abdomen, por el rostro. La piel cayó en virutas como si fuese queso blando.
El hombre convulsionaba. Lloraba. Suplicaba entre balbuceos que ni él entendía.
Ella detuvo la sesión. Lo miró. Se acercó y, con ternura fingida, le acarició la cara.
—¿Sabés qué es lo peor? No te estoy matando por lo que me hiciste. Sino por lo que no hiciste. Porque te quedaste mirando. Porque no hiciste nada. Porque me dejaste sola.
Cerró los ojos. Tomó un frasco de vidrio y lo sostuvo debajo de una herida profunda del cuello. Recolectó la sangre como quien junta miel.
—Cada uno de ustedes me va a dar algo. Vos me vas a dar la piel.
El grito final no fue un grito. Fue un gorgoteo triste, un sonido animal. El cuerpo quedó inerte, aún amarrado, aún sangrando.
Ella salió al amanecer.
El camisón ya no era blanco.
Capítulo 2 – La maestra amada
Nadie olvida a una buena maestra.
Y en aquel pueblo detenido en el tiempo, donde las campanas aún marcaban las horas y las vecinas se saludaban por sus apellidos, Sadicca era todo lo que una comunidad podía desear.
La señorita Sadicca.
Pulcra. Suave. Puntual.
Cocinaba pastafrolas para las cooperadoras y hacía collages con los nenes como si pegara las piezas de una infancia posible. Era paciente, maternal, de esas que los chicos adoran porque nunca gritan. Porque los miran a los ojos y los llaman por el nombre. Porque dan la ilusión de ternura… sin que nadie repare en la ausencia de alma.
Sadicca era alta. Tan alta que en los actos escolares se la podía ver por encima de todos los padres, incluso cuando estaba al fondo.
Pero lo que más llamaba la atención era su delgadez extrema. Una delgadez que no parecía buscada, sino impuesta. Como si su cuerpo no retuviera nada.
Comía mal. Lo sabía. Vivía a base de pan, galletitas, tortas dulces, restos de arroz frío o papas fritas en la merienda. Un hambre nerviosa, que no era del estómago, sino de otra parte más profunda, más vacía.
No engordaba nunca. Podía devorar una bolsa entera de bizcochos con dulce de leche y no subir ni un gramo.
Y sin embargo, su cabeza no estaba bien.
La harina, el azúcar, los ultraprocesados que llenaban su alacena barata —todo eso le robaba el aire al cerebro. Se lo nublaba.
A veces pensaba una cosa y decía otra. A veces caminaba de una habitación a otra sin saber por qué. Tenía episodios en los que olvidaba nombres, o mezclaba los días, o se despertaba con la certeza de que algo terrible estaba por pasar… aunque todo estuviera en calma.
Nadie lo notaba. Porque su voz seguía siendo dulce. Su sonrisa, correcta. Pero dentro de ella, la sinapsis ya no era sinfonía: era interferencia.
A los veinticinco lo conoció a él.
Sebastián.
Tenía las manos curtidas, la sonrisa fácil, el vicio de tocarse el cuello al mentir. Trabajaba en la ferretería del padre, olía a aserrín y a ego. Y con solo dos visitas y una carta, Sadicca ya sabía que lo quería. O eso creía.
Vivieron cuatro años juntos. Cuatro años sin libreta ni anillo, pero con dos hijas hermosas que heredaron sus pestañas y la boca de él.
Sadicca hacía todo. Cocinaba, criaba, trabajaba. Ponía flores los domingos. Se dejaba amar a medias. Y aunque nunca lo dijo, esperaba.
Esperaba que él la mirara distinto.
Que dijera: “te elijo”.
Que se dejara querer sin miedo.
Pero Sebastián, siempre con una cerveza en la mano, respondía con evasivas:
—No me van los papeles, che. Estamos bien así.
Y una noche, después de que ella le preparara su comida favorita y le ofreciera una sonrisa mansa, él clavó el tenedor y dijo:
—Sos linda, Sadicca, pero… un poquito intensa.
Ahí fue.
Ahí se abrió el hueco.
Ella no dijo nada. Retiró los platos. Arropó a las niñas. Se miró al espejo y ensayó una cara triste. Luego se sentó en la cocina, sola, y comenzó a escribir su lista de compras.
Guantes. Jeringa. Alambre fino. Una vela negra.
Y supo, por primera vez en mucho tiempo, que algo se acomodaba en su interior.
Capítulo 3 – El banquete de los que no aman
Llovía. Esa llovizna sorda que parece venir del suelo en lugar del cielo.
El pueblo dormía. Las hijas también.
Sadicca esperó a que él terminara su segunda cerveza y se desparramara en el sillón, como siempre.
Entró a la sala con una bata abierta. No llevaba nada debajo. El cabello mojado. Un perfume que era mezcla de jazmín y somnífero.
—¿Vamos a la cama? —susurró, con voz de miel.
Sebastián la siguió sin sospechar.
Él nunca sospechaba nada.
La habitación estaba ambientada con velas. La cama, cubierta con sábanas nuevas.
Un juego, pensó él. Un juego raro. Excitante.
Minutos después, estaba inmóvil. Desnudo. Atado con alambres a cada esquina del colchón. El sedante le pesaba en las venas. La cabeza le zumbaba.
—¿Qué hacés, boluda? ¿Qué carajo es esto?
Sadicca no respondió. Encendió la radio. Sonaba una zamba melancólica. Apoyó una bandeja con herramientas sobre la cómoda. Un bisturí, una cuchilla, un encendedor, una cuchara sopera.
Se sentó en el borde de la cama. Lo miró como se mira a un animal al que se le va a dar una muerte justa.
—Esto no es porque no me amaste.
Es porque me dejaste esperando.
Él quiso gritar. Ella le arrancó la lengua con una cuchilla desafilada. No cortó: desgarró.
El grito fue seco, agudo, breve.
Luego vino la sangre, la tos, la desesperación.
Le quitó los párpados con una pinza de cejas.
—No quiero que te pierdas ni un segundo.
Le cosió los labios con hilo de bordar.
—Porque ya no tenés derecho a hablar.
Tomó la cuchara. Con ella le sacó la uña del dedo índice. Él convulsionaba. El cuerpo entero temblaba. Ella, imperturbable.
—Así duele esperar una promesa que nunca llega.
En el pecho, con un hierro al rojo vivo, escribió letra por letra:
M E M E N T I S T E
Después, lo acarició. Le dio un beso en la frente.
Y le susurró:
—No sabés cuánto te quise.
Cuando dejó de respirar, no lloró.
Desmembró el cuerpo con un hacha pequeña. Lo quemó en el horno de barro donde solía hacer pan para las chicas. Tardó toda la madrugada en reducirlo a cenizas.
Dos días después, horneó una torta de manzana y reunió a sus amigas.
Servilletas de tela, taza de porcelana, lágrimas en la voz.
—Sebastián se fue —dijo—. Me dejó. Dijo que no estaba preparado para ser padre. Que nunca me quiso.
Las mujeres se indignaron. La abrazaron. Una lloró. Otra le trajo comida los días siguientes.
Y cuando la familia de Sebastián denunció su desaparición, las amigas hablaron primero.
—Él la dejó. Lo dijo delante de todas.
—Siempre fue distante. Tarde o temprano iba a desaparecer.
Y así fue.
El pueblo lo dio por perdido.
Y a Sadicca, por víctima.
Nadie imaginó que había quemado a un hombre en el horno donde ahora hacía galletitas de manteca.
Esa noche, cuando todo el mundo dormía, Sadicca se acercó a sus hijas dormidas, las acarició, las arropó.
Y pensó, con una paz oscura:
“Ahora sí, somos una familia.”
