Las aventuras de Shane Henderson
Capítulo 2: La Herencia Revelada – Parte 2
Shani en Bella Vista
El viaje desde la costa bonaerense hasta Bella Vista tomó casi nueve horas. A medida que se adentraban en el norte, el paisaje se volvía más amplio, verde y ondulado. Aunque era junio y comenzaba el invierno, Corrientes mantenía su aire templado y su vegetación abundante. En el último tramo, el aroma a cítricos apareció en el aire como un anuncio.
Doblaron una curva de tierra y lo vieron: un limonero gigantesco, repleto de frutos. El árbol brillaba bajo la última luz del día, como si hubiera estado esperándolos.
Shani frenó, bajó la ventanilla y aspiró hondo.
—Perfecto. Para mis comidas proteicas, para cortar el ayuno cuando el sol esté alto. El limón como llave metabólica.
Y enseguida agregó, con tono firme pero amoroso:
—Pero atención: esto es solo para mí. Ustedes tres lo pueden usar solo para jugar… o cazar alguna lagartija. Nada de probarlo.
Tabio, el atigrado con sobrepeso emocional y lengua filosa, se desperezó en el asiento trasero:
—Tanto limón, Shani… nos va a quedar la cara como pasas de uva, arrugada, pero con bigotes.
Rieron. Bajaron del auto y cruzaron la vieja tranquera. La casa era modesta, de ladrillo visto, con techo de chapa y ventanas angostas. Pero lo que la rodeaba lo cambiaba todo: un patio inmenso, abierto y silencioso, con árboles dispersos, tierra fértil, y un sauce tan grande que parecía un guardián del tiempo.
Adentro, el ambiente era rústico y reconfortante. Una chimenea de ladrillo rojo dominaba la sala, preparada para pasar inviernos enteros con sopas, gatos dormidos y cuadernos abiertos. Una cama sencilla, una estantería polvorienta, cocina a leña y olor a madera viva.
Cenaron liviano, con cúrcuma y un toque de limón en el plato de Shani. Los tres gatos —Tabio, Calicó y Ducedo— comieron con calma, sabiendo que la noche traía algo nuevo. Después, todos se acomodaron. La casa entera parecía exhalar.
El silbido suave del viento entre los árboles, como un secreto que se arrastra sin apuro, invadía la propiedad.
—
Al día siguiente, con la claridad novedosa, Shani se puso a ordenar. Acomodó su mesa frente a la ventana, ventiló el aire y revisó que hubiera leña suficiente. El invierno avanzaba. Tabio la observaba desde el marco de la ventana, con esa mirada mezcla de mayordomo y guardián.
Al mediodía, preparó un almuerzo cetogénico potente y reconfortante: carne roja salteada con cebolla morada, morrones asados y hongos frescos, todo en grasa de pella y con un toque de romero y limón. Comieron descalzos, con los platos tibios y el aire correntino entrando como bendición.
Después del almuerzo retomó la limpieza. Al fondo de la sala encontró un baúl de madera apolillado, cubierto con una manta vieja. Lo abrió. Dentro, una caja de cartón gris contenía docenas de fotos antiguas, cartas, recetas, papeles doblados y estampitas. Shani tomó un puñado con cuidado. Le quedaron muchas sin ver: el baúl parecía eterno.
Ya por la tarde, se sentó frente a la ventana y empezó a revisar las fotos. Entre todas, una la detuvo de golpe.
—¿Pero… esta es mi mesa? —susurró, con los ojos bien abiertos.
Era idéntica. Mismo diseño, mismos tallados, incluso la muesca en la pata derecha. La imagen era en blanco y negro, tomada bajo un sauce, en lo que ahora era su propio patio.
—Mi madre me la regaló en California… no me dijo que era una mesa de Argentina.
Tabio se subió a la silla y miró con ojo crítico:
—Esa mesa hasta debe saber bailar chamamé.
Calicó, la tricolor mística, murmuró sin levantar la vista:
—Capaz que fue testigo de un amor prohibido… o de una receta ancestral.
Ducedo, el tuxedo elegante, se estiró, cerró un ojo, y dijo:
—Si empieza a contar cosas, yo me hago el dormido. Pero escucho todo, ¿eh?
Shani comprendió que esa mesa —y esa tierra— no eran nuevas y que Corrientes le tenía preparadas, muchas sorpresas…
[Continuará]
*Silvia Reynoso*
