Las aventuras de Shane Henderson (Shani)
Capítulo 2. Primera Parte.
La tercera semana de junio empezó rara.
Shani lo supo cuando la pechuga no le quedó igual de jugosa que siempre.
—¿Está seca o me estoy secando yo? —preguntó en voz alta, mientras servía los platos.
—Un poco las dos cosas —respondió Tabio, metiendo la nariz en el puré de calabaza.
—Siempre el mismo imprudente —murmuró Ducedo desde su platito de hígado tibio—. Estamos almorzando.
Calicó, sin levantar la vista, declaró:
—Hoy hay salvia. Eso es cierre.
Y era verdad.
Shani Henderson ya no esperaba a Osvaldo.
Ni le dolía.
Solo había recordado. No en sueños, no por una charla, sino con la claridad brutal de quien deja caer el cuchillo en la pileta y se ve reflejada en el acero.
Recordó que ella lo había soltado.
Que lo quiso, sí. Que cocinó con ternura, también.
Pero que un día entendió que amar no era sostener a quien no puede con uno.
Ese día, no hubo drama. Solo palabras simples:
“Osvaldo, no podés con esto. No podés conmigo. Y eso no te hace malo. Pero a mí me hace vulnerable. Y yo no nací para vibrar al borde de un colapso.”
Después de recordar eso, el guiso del martes supo distinto.
La cúrcuma, menos intensa.
El jengibre, más claro.
—Sabe a libertad —dijo Calicó.
Shani sonrió.
Y justo esa semana, el universo, que siempre escucha, le respondió con un sobre.
Era un sobre beige, sin remitente.
Adentro, una carta de un gabinete de abogados asociados.
Un familiar lejano, de esos que aparecen en el árbol genealógico pero no en los cumpleaños, había fallecido.
Y a Shani le tocaba una parte de la herencia: una cabaña rústica en la loma del limonero, en una ciudad donde no conocía a nadie.
—Nos vamos —dijo Shani, después de leer la carta tres veces.
—¿Otra vez? —preguntó Tabio—. Pero si recién empezábamos a socializar con la paloma del cable.
—Esa paloma no es confiable —dijo Ducedo.
—Yo ya soñé con un limonero —aportó Calicó—. Tiene buen augurio.
El domingo, Shani hizo albóndigas con semillas de sésamo, puré de brócoli y una infusión de boldo y jengibre para acompañar.
Después limpió todo, preparó las valijas, sacó las fundas de las camitas de los niños y, con una lapicera verde, escribió en su cuaderno:
> “El pasado no me retiene.
No tengo compromisos que condicionen mi libertad.
Los gatos me siguen.
Y la mesa… también.”
El lunes al mediodía cargó el auto.
Tres camitas atrás. Caja de especias, pava eléctrica, el collar que predecía lluvias y su cuaderno de tapas blandas.
Cuando intentó subir la mesa, Tabio se trepó al baúl y protestó:
—¿No será mucho cargar la mesa?
Shani lo miró como si hubiera preguntado por su infancia.
—Mi mamá me la regaló cuando vivíamos en California.
Fue mi primer mueble de verdad.
Esa mesa escuchó cosas que nadie podría repetir sin llorar, y otras que harían reír a medio pueblo.
Esa mesa me sostuvo cuando nadie más lo hizo.
Así que no.
No es mucho.
Es lo justo.
Ducedo subió sin chistar, inspeccionó su manta como si fuera de terciopelo y se acomodó con solemnidad.
—Espero que esta vez el alojamiento esté a la altura de nuestra investidura.
—Es una cabaña rústica con patio —dijo Shani, ajustando el cinturón de seguridad—. Vas a amar el limonero.
—Aceptable —dictaminó Ducedo.
Calicó trepó con ligereza, se instaló en el asiento del acompañante, y mirando por la ventanilla, murmuró:
—A veces, partir no es una pérdida.
Es la forma más digna de quedarse con una misma.
Shani la miró en silencio.
Y arrancó.
Continuará…
