Capítulo 4: El hombre de la tranquera


La puerta crujió cuando Shane Henderson la abrió. El hombre del sombrero estaba ahí, junto a la tranquera, con la serenidad de quien conoce los silencios del campo. Se quitó el sombrero apenas la vio.

—Buenas tardes… ¿usted es Shane Henderson?

—Sí, soy yo —respondió Shani, aún con el repasador en la mano.

—Mi nombre es Juan Cruz Maldonado. Mi tía, Elena, la vio en el pueblo hoy. Cuando volvió, dijo: “Esa chica tiene los mismos ojos que don Aurelio Mancilla.”

Shani frunció el ceño con suavidad.

—¿Quién?

—Aurelio Mancilla. El hombre que vivía en esta casa antes. Mi tía lo conocía bien. Le pareció curioso el parecido. Y pensó que, siendo nueva por aquí, tal vez necesitara una mano.

Shani lo miró unos segundos. Había algo en la voz de ese hombre que no buscaba quedarse, ni entrar sin permiso, sino ofrecerse.

—Qué amable. Justo estaba por cenar… si no le molesta, puede pasar.

Juan Cruz titubeó un momento, pero el aroma que salía desde la cocina le borró cualquier excusa.

—Si no es molestia… le agradezco.

La mesa estaba lista. El puchero correntino humeaba y en el centro brillaba el pan de harina de almendras recién horneado, con semillas crujientes por encima. La tetera de hierro dejaba escapar una fragancia de hierbas que acariciaba el aire.

Juan Cruz se sentó y al probar el primer bocado, dijo:

—Usted lo ha cocinado como si fuera una correntina de ley. ¿Sabe bailar chamamé también?

Shani le sonrió, pero no respondió.

Desde sus puestos de vigilancia, los tres gatos lo observaban con atención felina.

Ducedo, desde lo alto del respaldo de la silla, comentó con voz sobria:
—Al menos vino bien peinado. Un mínimo de decoro es lo que uno espera en la mesa.

Calicó, reposando junto al horno, murmuró:
—Trae una calma antigua. De esas que no se fabrican más.

Tabio, tumbado sobre un almohadón:
—Bueno, que aprenda a bailarlo ya, porque si no, se va a perder un sabor especial de esta historia.

Mientras comían, la charla fue fluyendo con la misma suavidad del vapor que salía de los platos. Shani, con tono natural, comentó:

—Esta casa tiene sus detalles. Las ventanas se quejan con el viento, la chimenea tira más humo adentro que afuera y la cocina a leña ya no sabe si calentar o jubilarse.

Juan Cruz dejó el cubierto en el plato, la miró con gesto sereno y dijo:

—El sábado, si quiere, me doy una vuelta con las herramientas. Vemos eso… y después la invito al museo. ¿Sabe por qué? Porque en el museo hay una mesa igual que esta.

Shani alzó una ceja, sorprendida.

—¿Una mesa igual?

—Sí. En una foto antigua. Tiene el mismo pie tallado, los bordes… apenas la vi pensé en esta.

Ella bajó la vista hacia la mesa como si la viera por primera vez.

—Entonces sí. Lo espero con las herramientas —dijo—. Yo soy buena para la cocina y para la mezcla de hierbas, pero si se cae una bisagra, la invito a quedarse así.

Juan Cruz rió con una risa de hombre entero, de esas que no son ruidosas pero sí completas.

Terminaron de cenar sin apuro. Y cuando él se puso el sombrero para despedirse, añadió:

—Una cosa más… No es por meterme, pero… con este patio tan grande, quizás no vendría mal tener un perro. Por seguridad, más que nada.

La frase quedó flotando.

Tabio se incorporó con la mirada en llamas:
—¿Perro? ¿Este tipo está bien del hígado?

Calicó cerró los ojos con teatralidad:
—Eso me cayó como tomate verde en ayunas.

Ducedo, con voz seca pero distinguida:
—El mismo hombre que elogió la mesa… y ahora esto. Estoy descompuesto.

Shani lo acompañó hasta la tranquera. La luna recién empezaba a subir y la brisa olía a leña y campo abierto. No dijo nada, pero algo en su forma de mirarlo parecía decir: gracias por venir… y por haber aparecido justo hoy.

Esta historia continuará el sábado.


Deja un comentario