En La Rioja capital, la ciudad no empieza ni termina.
Se entrevera.
Respira monte, tose polvo, late entre espinas.
Y una, que viene del asfalto, cree que el zumbido es un ruido de motor…
hasta que se da cuenta: es un enjambre.
Riego mis plantas como quien da misa,
y ellas me devuelven panales.
Avispas rojas del tamaño de uvas maduras,
instalan sus nidos en los aleros.
Los panales vuelven una y otra vez,
se resisten y me enseñan a compartir.
“Es que ven agua”, dicen los bomberos.
Pero yo creo que ven vida. Y vienen a ver si pueden habitarla.
Mi gata, peluda como una nube que se quedó dormida,
parece no enterarse de los 45 grados
y se echa a dormir la siesta en la sombra del naranjo.
Mientras intento sobrevivir al sol del verano,
ese que no perdona a personas como yo, que no lo conocen tanto.
Una noche, mis gatos trajeron una víbora.
Adentro.
Como quien ofrece un lazo de cuero tibio,
pero con ojos.
Ellos, felices. Yo, muda.
Entendí que acá, en esta ciudad, se duerme con sobresaltos
que la modernidad no ha logrado desalojar.
Alacranes. Chelquitos.
Criaturas con más patas que explicación.
Y mis gatos, que no se inmutan: los detectan, los matan,
como si fueran vecinos molestos que hay que despachar.
Los perros son legión.
Miran como si supieran que nadie va a llevárselos.
Y a veces, sin avisar, un burro aparece comiendo a la orilla del asfalto.
O un caballo cruza lento, con la nobleza antigua de los que no tienen apuro.
Hay mulas atadas al poste de la luz.
Chicharras que no respetan feriados.
Quizás pudiera entender ahora lo que tanto extrañaba, cuando emigró a Buenos Aires, mi padre, cuya tonada me suena en la voz de mi compañero.
Y me conmueve como si viniera con pan casero y abrazo.
La ciudad, esta ciudad, no logra expulsar al monte.
Lo invita.
Y el monte viene, se acomoda, se impone.
Hay WiFi y panales, avenidas y acequias,
y una aprende a vivir con el zumbido, la mordida, el ramalazo.
Porque vivir en La Rioja es eso:
saber que lo salvaje no está allá lejos.
Está acá.
En el zócalo. En el limonero.
En la siesta de la gata.
Y en el eco de una infancia que no es del todo mía,
pero que empieza a serlo.
