Era la madrugada y la casa parecía dormida. Ni un perro ladraba, ni el viento osaba mover las cortinas. Solo el goteo monótono del grifo en la cocina interrumpía el silencio. Fue entonces cuando la vieja traba de la puerta trasera se soltó con un leve clic… como si algo —o alguien— hubiese aprendido a abrirla.
Ella no tocó el timbre, no llamó a nadie. Pasó el portón y simplemente entró por la puerta de atrás.
Su silueta delgada, apenas más oscura que la noche, se deslizaba como si conociera cada rincón. Tenía el cabello largo, húmedo, pegado al rostro. Los pies descalzos. Caminaba sin hacer ruido, como si hubiese caminado esos pisos de madera toda la vida.
Primero fue la cocina: observó los restos de una cena familiar, un vaso a medio tomar, un cuchillo fuera de lugar.
Luego el comedor: se detuvo frente a una foto enmarcada. La miró con intensidad. La tocó con un dedo helado. Sonrió.
No buscaba dinero ni joyas. No rompía ni revolvía. Solo observaba. Como si quisiera entender. Como si quisiera recordar algo que aún no había vivido.
Porque eso era lo inquietante. Nadie sabía quién era… pero parecía que ella sí sabía quiénes eran ellos.
Y mientras subía lentamente las escaleras hacia el cuarto de los padres, con la certeza de quien regresa a un sitio propio, el monitor del bebé se encendió solo. No hubo llanto. No hubo movimiento.
Solo una voz. Leve. Fría. Susurrada, pero nítida.
—Ya volví…
Una voz que no era de este tiempo. Que no pertenecía a nadie en la casa. Una voz que, sin embargo, parecía haber estado otras veces allí mucho antes. Una voz que no buscaba ser oída. Buscaba ser recordada. Buscaba volver. Era una voz que venía a reclamar su lugar.
Y entonces, en la pantalla del monitor, una figura comenzó a tomar forma. Apenas un contorno, como si la cámara temblara. Pero estaba ahí. Frente al moisés. Mirándolo fijo.
Ella no esperaba encontrar un bebé. Se inclinó lentamente, ladeando la cabeza como los cuervos cuando intentan reconocer lo que no entienden. Sus ojos, enormes y desorbitados, recorrían esa pequeña criatura como si la memoria le fallara. Como si hubiese imaginado otra cosa. Otra vida. Otro final.
El bebé la miró… y dejó de respirar un segundo. No lloró al principio. Solo abrió los ojos, inmóvil, con esa sabiduría ancestral que tienen los niños ante lo que escapa al entendimiento. Después, el grito. Agudo. Inesperado. Animal.
Fue entonces cuando el padre se despertó.
Confundido, somnoliento, tardó unos segundos en reconocer el sonido. Luego corrió. Descalzo, sin camisa, sin lógica. Solo el instinto.
Empujó la puerta del cuarto del bebé… y la vio.
Estaba allí. De pie. Entre el moisés y la pared, pegajosa, como empapada por una humedad que no era de este mundo. La piel tensa, los ojos vidriosos, como si no parpadeara desde hacía años. La boca entreabierta.
Tenía el cuello inclinado y una expresión que no era del todo humana. Una mezcla entre ternura, furia, y algo peor: reclamo.
La voz de ella volvió a sonar, y esta vez retumbó en las paredes de la habitación, como si la casa misma la pronunciara. No era un susurro, era un eco vivo, que helaba la sangre. Y cuando el padre intentó hablar, lo hizo con una voz temblorosa, apenas audible, como si el miedo se le enredara en la garganta.
Ella lo miró…
Y sonrió.
Y en esa sonrisa había algo torcido.
Algo que no venía de esta vida.
Retrospectiva
El padre sostenía al bebé con fuerza. Intentaba calmarlo, pero era como si el llanto no viniera solo del miedo… sino también de algo que recordaba.
Fue entonces cuando lo golpeó: Un rostro del pasado. Una estación. Una risa. Primavera.
Ella se llamaba Dalia. Se habían conocido en una reunión casual, de esas que nadie planea pero que quedan flotando como si fueran el inicio de algo grande. Compartieron tardes de sol, cerveza en el parque, caminatas con olor a jazmín. Hubo besos. Hubo entrega. Pero no hubo promesas.
Él nunca le habló de futuro. Dalia, en cambio, lo vio todo. Se vio a sí misma vestida de blanco, con flores en la cabeza. Se vio cocinando para él. Se vio madre. Se vio amada.
Él se alejó con cortesía. Le dijo que no estaba para compromisos, que había sido hermoso, pero que ya era suficiente.
Ella no entendió. Y cuando entendió, no lo aceptó.
Primero vinieron los mensajes. Luego las llamadas. Después, las esperas en la puerta del trabajo. Las notas en la bicicleta. Las amenazas dulces. Y finalmente, el silencio.
Pero el silencio fue aún más inquietante que su obsesión.
Un día, Dalia desapareció.
La noticia corrió entre conocidos: se había quitado la vida. La encontraron en su casa, aún con el vestido blanco puesto, el que decía que era “para él”. No hubo cartas. Solo una pared con dos fotos de los dos… en ambas, él estaba dormido.
Pero esta noche… Dalia volvió.
Entre las rejas
El padre envolvió al bebé en una manta gruesa, lo colocó en el baño —el único cuarto sin ventanas—, cerró la puerta, trabó desde afuera, y colocó una silla como refuerzo. Sabía que el bebé estaría a salvo allí.
Volvió hacia el ventanal del frente.
Y entonces lo imposible sucedió: ya no estaba en la habitación.
La casa no había hecho ruido. No había pasos. Pero ella se había movido. Como si el aire mismo la hubiera transportado.
Y ahora estaba allí, pegada a las rejas del ventanal, mirando hacia adentro.
Dalia seguía ahí. Quietísima. Solo sus ojos se movían, siguiendo cada paso de él con una devoción enferma. Su cabello mojado goteaba. Su boca entreabierta parecía pronunciar algo que aún no había salido del todo.
Él se acercó.
—Dalia… por favor… no podés estar acá. Ya no.
Ella parpadeó apenas.
—Estoy acá por vos, —dijo— por nosotros. Mirá cómo te busqué… cómo volví…
—Esto no está bien. Vos… vos ya no pertenecés a este lugar.
Dalia estiró los dedos entre las rejas:
—Nunca me diste una oportunidad. Me quitaste el final. Yo solo quería que me eligieras.
Él bajó la mirada. Recordó las dos fotos. En ambas, dormido. Ella, a su lado. Posando.
—Te pido que te vayas.
—¿Ves? Siempre echándome.
Su rostro comenzó a tensarse. La voz del padre apenas salía.
—No quiero que te pase nada… otra vez.
Ella rió. Pero era una risa seca, hueca. Y terrible.
—¿Que me pase algo… otra vez? Mi amor… yo ya estoy muerta. ¿No lo ves? Pero vos todavía no.
No acepto un no
—Ya sé que tenés una nueva mujer, —susurró Dalia— y que tenés un hijo… pero no importa. No quiero destruirte. Solo quiero estar. Puedo ser tu sombra. Tu amante oculta. Nadie tiene que saberlo…
—No. —dijo él, con la voz aún temblorosa— No puedo hacer eso. No quiero.
Dalia parpadeó. Y algo cambió. Su cuerpo comenzó a retorcerse, como si los huesos se le soltaran. Se enroscó como una víbora. El cuello giró con un crujido húmedo. Los ojos inyectados.
—NO. Yo no acepto un NO. Nunca lo hice. Y menos de vos.
Él retrocedió, aterrorizado.
—Está bien… no te preocupes… Voy a comunicarme con vos. Te voy a buscar. Pero ahora andate. Por favor.
Ella frenó. Su forma volvió a lo humano. Asintió.
—¿Lo prometés?
—Sí. Lo prometo.
—Entonces me voy… por ahora. Fue un gran honor conocer a tu bebé.
Dalia bajó la mirada. Dio un paso atrás. Y otro. Y mientras el primer rayo de sol asomaba por el horizonte, su figura comenzó a desdibujarse. Como si la luz misma la borrara.
Desapareció. Con la llegada del amanecer.
La casa quedó en silencio.
El padre se dejó caer al suelo, temblando. En el baño, el bebé dormía, como si supiera que por ahora, estaba a salvo.
Pero nadie supo si Dalia se había ido del todo.
Nadie supo si respetaría su palabra de esperar a que él la llamara.
Y él tampoco sabría explicar por qué… esa madrugada, apenas cerró la puerta con llave, fue directo al celular.
Entró en contactos.
Buscó su nombre.
Dalia.
Sin pensarlo, sin respirar, lo seleccionó.
Y lo borró.
Pero mientras el nombre desaparecía de la pantalla, le tembló el dedo.
Porque, en el fondo, sabía algo:
Ella no necesitaba estar en su agenda… para volver a aparecer.
