Funcionarios con GPS menemista


En La Rioja, los políticos no están simplemente gobernando: están siendo monitoreados. No por sus gestiones actuales —que ya sería bastante—, sino por algo más profundo y estructural: su pertenencia histórica, política y hasta afectiva a la familia Menem.

El gabinete que armó Ricardo Quintela no es ajeno a esto. Ministros, secretarios, legisladores, senadores: todos tienen en su currículum una línea directa al menemismo. Algunos por haber ocupado cargos en aquellos años. Otros por haber sido formados políticamente bajo el ala de los Menem. Y otros, simplemente, porque su ascenso dependió de esos vínculos.

Esto, que podría parecer anecdótico en otro contexto, se vuelve alarmante hoy. ¿Por qué? Porque hoy la familia Menem no es simplemente un apellido en el pasado. Hoy, la familia Menem es una aliada estratégica de Javier Milei. Y esa alianza con el actual presidente —cuyo gobierno es conservador, expoliador y profundamente antipopular— coloca a esos políticos riojanos en una encrucijada muy concreta: ¿pueden representar al pueblo si están atados a un modelo político que hoy se funde con el ajuste más brutal?

La respuesta es difícil. Porque aunque muchos lleven banderas del peronismo, el vínculo con el menemismo los condiciona. No es lo mismo haber tenido trayectoria durante el menemismo que seguir dependiendo de él.

Además, el gabinete de Quintela muestra hoy una composición alarmante: muy pocos funcionarios del campo nacional y popular, y muchos herederos políticos del neoliberalismo de los 90. Esto dificulta no solo la profundización de políticas en defensa del pueblo, sino incluso su mínima continuidad. Más aún en un contexto nacional en el que gobierna un presidente que desprecia lo público, el federalismo y cualquier política de protección social.

Entre quienes aún sostienen con convicción las ideas del campo nacional y popular en La Rioja, empieza a resonar una pregunta incómoda. Aquella que en los años 50 se le hacía a Perón:
“¿Qué pasa, General, que está lleno de gorilas su gobierno popular?”
Hoy, esa misma frase, con otras formas, se repite en voz baja en las bases que intentan construir algo distinto y ven con desilusión cómo las convicciones iniciales se diluyen entre nombramientos funcionales y lealtades cruzadas.

Porque la verdad incómoda es que muchos de los funcionarios actuales son tan ligados al menemismo, que les da exactamente lo mismo si gobierna Quintela o Martín Menem. Su lugar está asegurado. No llegaron por militancia, ni por compromiso con un proyecto. Llegaron por contactos. Por apellido. Por acomodo.

Y eso se nota. Por eso no militan. No defienden el rumbo del gobierno con la pasión de quien cree en lo que hace. Porque no están ahí por convicción. Están por ubicación.

En resumen: no se puede construir una esperanza popular desde la subordinación a un proyecto que la destruye. Y mucho menos con un elenco que ni siquiera se siente parte del pueblo que debería defender


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