«Yo no tengo más que verme en el espejo para contemplar al «indio». Mis facciones delatan esa cruza. Y estoy convencido que ese rastro se percibe igualmente en mi conformación somática.
Siempre recuerdo un caso que quedó grabado en mi pobre imaginación infantil: se trataba de un indio, de los que aún quedaban dispersos y abandonados en las inmensidades de la Patagonia. Un buen día llegó a mi casa y pidió hablar con mi padre; él lo atendió como un gran señor. Le habló en su propio idioma, el tehuelche, y lo recibió con el usual «Marí-marí», En seguida entraron en confianza. El indio se llamaba «Nicou marike», que significa «Cóndor volador». No tenía el indio más que unas pocas pilchas y su caballito tordillo. Presencié la entrevista porque mi padre me hizo quedar, tal vez para darme una lección de humanismo sincero. En esa oportunidad mi progenitor le dijo que podía instalarse en el campo, y le asignó un potrero donde le construyó una pequeña vivienda como las que usaban entonces los indios, medio casa y medio toldo.
Le regaló también una puntita de chivas. Cuando le pregunté a qué venía tanta consideración con un indio, me respondió:
«¿No has visto la dignidad de este hombre? Es la única herencia que ha recibido de sus mayores. Nosotros los llamamos ahora indios ladrones, y nos olvidamos que somos nosotros quienes les hemos robado todo a ellos».
Mi abuela materna también solía contarme -aún la recuerdo vivamente- que cuando Lobos era apenas un fortín, los Toledo estaban ya asentados ahí. Había que escuchar a la vieja abuela relatando que había sido cautiva de los indios. Yo le preguntaba: «Entonces, abuela… ¿yo tengo sangre india?». Me fascinaba la idea. Míreme: pómulos salientes, ojos que escrutan en vez de mirar, cabello abundante, sin asomo de canas … En fin, poseo el tipo aborigen. Vea. Yo hago un distingo sutil entre el gaucho y el criollo, que era hijo del conquistador español y de las mancebas indias a quienes el primero fecundaba en proporciones bastante elevadas. Tal es el origen de Hernandarias y de los demás hijos de la tierra. Por el contrario, el gaucho surge concebido de manera diferente, como que se trata de un prototipo étnico único, absolutamente original. El gaucho nace de la cruza entre el indio y las blancas cautivas que el salvaje solía robar en las maloneadas periódicas, que los capitanejos rancules y boroganos organizaban sobre medio país. Esto es, que el gaucho nace de ese fragmento de libertad que es el indio de pelea, rodando sobre el abismo horizontal de la pampa, y la hembra blanca, «racialmente superior» ¡cómo no! a su dueño y amo. Ella se sentía obligada a transmitir su ancestral rebeldía a los cachorros que echaba al mundo. Del ayuntamiento de esas dos expresiones libérrimas, de esa doble y raigal rebeldía, surge el arquetipo del centauro gaucho, que es la máxima invención del espíritu insurgente de la América autóctona, del continente concebido en él tercer día de la creación. –
Tte Gral Juan Domingo Peron.
🔍 1. Identidad y pertenencia
Perón arranca reconociéndose como parte del mestizaje:
“Yo no tengo más que verme en el espejo para contemplar al indio.”
No se coloca como heredero de Europa, sino del cruce entre lo indígena y lo criollo, desafiando la narrativa hegemónica de “blanqueamiento” cultural tan fuerte en la Argentina del siglo XX.
🪶 2. La dignidad indígena
El relato del tehuelche Nicou marike es el núcleo emocional del texto. La escena con su padre —quien le ofrece tierra, vivienda y animales— funciona como lección de justicia histórica:
“¿No has visto la dignidad de este hombre? […] somos nosotros quienes les hemos robado todo a ellos.”
Esta afirmación —dicha por un estanciero a su hijo— rompe con el relato dominante que reducía al indígena al rol de “salvaje” o “usurpador”.
🧬 3. El gaucho como símbolo revolucionario
La genealogía que traza Perón entre el criollo, el indio y el gaucho es una reivindicación política y cultural:
- El criollo, hijo del español y la india, es producto de la colonización.
- El gaucho, hijo del indio y la cautiva blanca, es —según él— un símbolo de rebeldía y libertad.
“Del ayuntamiento de esas dos expresiones libérrimas […] surge el arquetipo del centauro gaucho”
Lo llama incluso “la máxima invención del espíritu insurgente de la América autóctona”, haciendo del gaucho una figura heroica y contestataria.
⚖️ 4. Contrapunto con el racismo de la época
Este texto contrasta fuertemente con la idea de una Argentina “blanca y europea” promovida por la generación del ’80 (Sarmiento, Mitre, Alberdi). Perón ofrece otra raíz posible para la identidad nacional: la indígena y mestiza. De hecho, invierte el valor:
“la hembra blanca, ‘racialmente superior’ ¡cómo no! a su dueño y amo”
La ironía marca el desprecio a esa pretendida “superioridad” racial.
📚 Conclusión: una visión insurgente de lo argentino
Este testimonio de Perón podría ser leído como una pieza de autoetnografía patriótica. No es sólo autobiográfico: está construyendo una visión de país.
La idea de un «centauro gaucho», nacido de dos rebeldías (el indio y la mujer cautiva), sintetiza su mirada del pueblo argentino como insurgente, digno y profundamente mestizo.
