A los ocho años, una maestra me marcó en mi capacidad para escribir, le gustaban mis redacciones y siempre me lo hacía saber. Un día, como si viera una estrella escondida en pleno día, y me dijo en horas de recreo, con una certeza que olía a tiza y a patio mojado: “Vos tenés que dedicarte a esto.”
No sé si ella entendía que estaba encendiendo una lámpara que iba a tardar décadas en prender del todo. Pero dejó su luz adentro.
Después vino la vida.
Vinieron los consejos con aroma a responsabilidad, el temor a la intemperie, las decisiones tomadas bajo techos seguros. Me hice contadora pública. Y no me fue mal.
Aprendí a leer la realidad con ojos de balance y a medir el caos con planillas prolijas.
Pero incluso allí, entre columnas de números, las palabras se abrían paso como raíces buscando el agua.
Cada vez que había que redactar un descargo, explicar un error, o acariciar una verdad incómoda en un correo, me miraban y decían: “Mandalo vos. Vos sabés decirlo.”
Y yo recordaba a esa maestra.
Y sentía que adentro mío aún vivía esa nena con olor a cuaderno nuevo, que escribía para que alguien la viera.
Hay también una canción que me acompaña desde siempre.
Mi padre era músico, de los que le hablaban a la luna cuando nadie lo escuchaba.
Cantaba letras que le nacían del pecho como jazmines de madrugada.
De él heredé esa música silenciosa que vive en las palabras.
Quizás por eso, escribir, para mí, es también cantar bajito lo que me desborda.
Escribo a los 50 porque ahora la noche me invita, y ya no le tengo miedo a mi propia voz.
Porque los silencios me piden tinta, y la oscuridad, palabras que la abracen.
Porque aprendí que una hoja en blanco puede ser más cálida que muchas miradas.
Y porque al fin entiendo que lo que una lleva en el alma… no se archiva.
Se escribe.
