1. Antes del invento: formas de relación previas al capitalismo
A lo largo de la historia de la humanidad, las formas de organización vincular han variado ampliamente según el contexto cultural, económico y geográfico. La idea de que la monogamia es una “forma natural” de relacionarse está ampliamente cuestionada por la antropología, que ha documentado una enorme diversidad de configuraciones afectivas y sexuales previas a la consolidación del sistema capitalista y del patriarcado moderno.
En muchas sociedades cazadoras-recolectoras —como las que existieron durante la mayor parte de la historia humana— las relaciones afectivas no estaban regidas por la exclusividad sexual ni por la noción de pareja como unidad económica fija. En estas comunidades, los vínculos eran fluidos, compartidos y funcionales al bienestar colectivo. La reproducción no se asociaba a un padre individual sino al grupo, y la crianza era muchas veces compartida entre todos los miembros adultos, sin un sistema estricto de filiación basado en la sangre paterna.
Existen registros etnográficos de culturas donde predominaban la poliginia (un hombre con varias mujeres), la poliandria (una mujer con varios hombres) o sistemas de sexualidad abierta sin estructura matrimonial. En todos estos modelos, el eje no estaba puesto en la propiedad del cuerpo del otro, ni en la exclusividad afectiva como prueba de compromiso, sino en la cooperación social y en la sostenibilidad del grupo.
La llegada de la agricultura y el sedentarismo, hace unos 10.000 años, introdujo cambios progresivos en las dinámicas familiares. La tierra empezó a tener valor económico, y con ella surgió la necesidad de establecer herederos legítimos para conservar ese capital. Esta transformación dio lugar a estructuras más rígidas de parentesco y a la progresiva aparición del patriarcado como sistema de control social.
Sin embargo, fue mucho más tarde —con la consolidación de la propiedad privada, el auge de las religiones monoteístas y la aparición del Estado moderno— que la monogamia se impuso como norma obligatoria en vastas regiones del mundo. Este proceso no fue natural ni espontáneo, sino el resultado de una serie de decisiones culturales, religiosas y políticas.
En síntesis, la monogamia no es universal, ni ancestral, ni biológicamente inevitable. Es una construcción cultural que surgió en un momento histórico determinado y que reemplazó otros modelos más diversos y, en muchos casos, más flexibles y comunitarios.
2. Por qué se impuso la monogamia: contexto histórico, control y propiedad
La monogamia no se impuso por razones afectivas ni por una supuesta inclinación natural del ser humano a formar parejas exclusivas. Su consolidación como norma dominante respondió a razones estructurales, políticas, económicas y religiosas que acompañaron el surgimiento de nuevas formas de organización social a partir del desarrollo de la propiedad privada, el patriarcado y el sistema estatal.
Con la aparición de la agricultura y el sedentarismo, la tierra comenzó a tener valor económico, y con ello surgió la necesidad de asegurar su transmisión generacional. Esto implicaba poder determinar con claridad la filiación biológica de los hijos. Así, la sexualidad femenina —hasta entonces más libre o compartida en muchas culturas— pasó a ser vigilada y controlada para garantizar que los herederos fueran “legítimos”. La mujer dejó de ser un sujeto social autónomo para convertirse en portadora de la descendencia de un varón.
En este contexto, la monogamia femenina no surgió como un pacto entre iguales, sino como un instrumento para el control de la fertilidad y la herencia. A partir de allí, se afianzaron leyes, rituales religiosos y estructuras morales que sostuvieran este nuevo orden. La institución del matrimonio —particularmente en las religiones monoteístas como el cristianismo— funcionó como un dispositivo central para este control.
El sistema capitalista, en sus inicios, encontró en la monogamia un aliado funcional. Una pareja monogámica y estable favorecía la organización de unidades domésticas previsibles, facilitaba el control poblacional y reproducía un modelo social de roles claramente diferenciados: el varón proveedor y la mujer dedicada a la crianza. Esta estructura resultaba eficiente para el sistema económico emergente.
Además, la moral monogámica sostenida por el cristianismo sirvió como base para el control social más amplio: culpabilizar el deseo, limitar el goce, promover la obediencia y reforzar el mandato de la familia como núcleo reproductor no solo de hijos, sino también de ideología. La fidelidad, en este sentido, no era solo sexual: era fidelidad al orden.
En síntesis, la monogamia se impuso como herramienta de control: del cuerpo, del deseo, de la herencia, de las mujeres, de la estructura familiar y de la estabilidad social. Su función original no fue el amor, sino la regulación del poder y la propiedad en una sociedad en transición hacia el capitalismo.
3. Consecuencias: economía emocional, salud mental y rentabilidad del dolor
La imposición histórica de la monogamia no fue neutra ni inofensiva. Aunque se la presenta como un modelo de orden, estabilidad y respeto mutuo, en la práctica ha traído consecuencias profundas sobre la salud mental, las relaciones sociales y las estructuras de poder, especialmente en el caso de las mujeres.
Desde lo psicológico, la exigencia de exclusividad afectiva y sexual, sumada a la promesa de que “el amor todo lo puede”, ha generado una fuente constante de frustración, dependencia emocional y culpa. Muchas mujeres crecieron con la idea de que debían ser elegidas por un varón, casarse, conservarlo y tolerar lo que fuera con tal de sostener la pareja. Esta lógica ha producido generaciones enteras de mujeres deprimidas, ansiosas o anuladas subjetivamente, atrapadas en vínculos que no les dan paz ni libertad.
A este escenario se sumó el papel de los productos culturales —especialmente las telenovelas— que reforzaron el guión de la mujer sufriente, entregada, sumisa y dispuesta a perdonar cualquier humillación por amor. Estas narrativas solidificaron el mandato monogámico como destino único, haciendo que muchas mujeres internalicen que sin pareja no valen, y con pareja deben resignarse. El mensaje fue claro: si sufrís, es porque amás.
Las consecuencias no son solo individuales. La presión social para conservar una relación, aún cuando es violenta, ha derivado en situaciones extremas: aislamiento, destrucción emocional, pérdida de autonomía, y en demasiados casos, violencia física, femicidios y asesinatos vinculados a la ruptura del lazo monogámico. La idea de que el otro es “propiedad” —que está en el corazón del modelo monogámico patriarcal— ha alimentado formas extremas de control y castigo, muchas veces naturalizadas.
Desde lo económico, esta fragilidad emocional sostenida se vuelve funcional al sistema. Personas frustradas consumen más: terapias, ansiolíticos, series, redes sociales, cursos de autoayuda, regalos compensatorios, escapismos emocionales. El dolor íntimo, cuando se vuelve crónico, alimenta industrias enteras.
En síntesis, el modelo monogámico como mandato ha generado más daño que equilibrio: vínculos dependientes, salud mental deteriorada, cuerpos hormonizados por el estrés, y un sistema que se lucra con el malestar estructural de las personas, sobre todo de las mujeres. Y todo en nombre del amor.
4. El otro modelo patriarcal: pluralidad masculina y sometimiento femenino en las culturas orientales
Aunque en Occidente el modelo dominante fue la monogamia impuesta como valor universal, en muchas culturas orientales —especialmente de tradición árabe e islámica— se consolidó un modelo diferente: la poliginia, donde un solo varón puede tener varias esposas.
Este sistema, si bien se aparta formalmente de la monogamia, conserva el mismo principio central: la subordinación de la mujer y el control de su sexualidad. Mientras los hombres acceden a múltiples vínculos, las mujeres deben mantenerse fieles y subordinadas, tanto emocional como legalmente.
En ambos casos, Oriente y Occidente, los modelos relacionales fueron diseñados no para promover el bienestar individual ni el amor recíproco, sino para garantizar la estabilidad del sistema patriarcal. Los derechos, deseos y decisiones de las mujeres quedaron sistemáticamente relegados en función de una estructura social que priorizó la herencia, la obediencia y el orden familiar sobre la libertad personal.
🔚 Conclusión final
Al tener acceso a la información, muchas mujeres comenzamos a tomar conciencia de estas estructuras que nos condicionaron históricamente. Y en esa toma de conciencia, la propuesta no es romper con el amor, sino con el mandato patriarcal que lo define.
Desvincularse emocionalmente del esquema de la monogamia impuesta no significa llevar una vida desordenada o vacía de sentido. Significa dejar de estar atadas a un sistema que fue diseñado para otros fines: control, herencia, poder. Deshacerse de ese mandato no solo es un acto de libertad emocional, sino también una forma de proteger nuestra salud mental, nuestro equilibrio físico y nuestro bienestar integral.
El conocimiento es una herramienta fundamental. Nos permite, al momento de tomar decisiones, tener la seguridad de que lo hacemos desde una mirada propia, buscando lo mejor para nosotras y para quienes nos rodean. No repitiendo guiones heredados, no alimentando un modelo que tantas veces nos dañó.
Porque el amor, si no construye salud, no es amor.
Y lo aprendido, se puede desaprender.
