Se trata de «diversificar»
Hay un versículo en la Biblia que habla claramente sobre la importancia de diversificar nuestros recursos para protegernos frente a posibles calamidades. Se encuentra en el libro de Eclesiastés, capítulo 11, versículo 2:
“Reparte a siete, y aun a ocho; porque no sabes qué mal puede venir sobre la tierra.”
Esto se interpreta como una metáfora para no poner todos los huevos en la misma canasta, sino repartir las inversiones o recursos en diferentes ámbitos para mitigar riesgos.
Además, esta idea es mencionada en contextos financieros modernos como un principio de buena administración, señalando que diversificar fortalece la estabilidad.
Interpretación práctica
Seguridad y resiliencia: Este principio de sabiduría es vigente: distribuir recursos de modo equilibrado ayuda a resistir mejor las crisis imprevistas.
En el tablero internacional, los BRICS no aparecen para romper la baraja, sino para sumar cartas nuevas. No se trata de cerrar la puerta a Mercados comunes históricos, sino de abrir otros: a China, Rusia, India, Brasil, Sudáfrica y el creciente número de países que ven en este bloque una oportunidad para diversificar sus relaciones comerciales y políticas.
Economías diversificadas: Al igual que cada persona debe diversificar sus fuentes de ingreso, los países también ganan en fortaleza y resistencia si no dependen de una sola economía o aliado.
La clave está en la mirada.
Esa misma América Latina que históricamente ha mirado a Estados Unidos como socio principal, recibe como respuesta gestos hostiles. Durante la administración Trump, la guerra comercial no se limitó a China: también alcanzó a productos latinoamericanos, con aranceles que cerraron mercados y encarecieron exportaciones. La contradicción es evidente: mientras los gobiernos de la región siguen apostando casi exclusivamente a ese vínculo, su contraparte en Washington impone barreras y trata como competidor —o enemigo— a quien se supone aliado.
Ante este tipo de medidas desde el norte, los países del BRICS reaccionan de otra manera: profundizan sus relaciones internas. Son mercados tan grandes que, frente a presiones externas, se apoyan mutuamente para sostener su comercio y su crecimiento. El caso de Brasil e India es claro: acuerdos recientes en energía, tecnología y agricultura muestran que, cuando uno de ellos enfrenta restricciones, el otro amplía la cooperación.
Europa, por su parte, no es un bloque uniforme ni una pieza obediente en el tablero. Hay sociedades y líderes que han mostrado resistencia a seguir cada directriz de Washington, sobre todo cuando va contra sus propios intereses comerciales. La guerra en Ucrania evidenció esas tensiones: muchos europeos reconocen la importancia estratégica y económica de Rusia para su continente. En ese sentido, la idea de una verdadera globalización comercial sin trabas ni presiones beneficia tanto a Latinoamérica como a Europa, abriendo posibilidades para que cada país elija libremente con quién y cómo comerciar, sin vetos impuestos desde fuera.
China y Rusia, con economías mixtas y una fuerte impronta estatal, ponen sobre la mesa un capitalismo de control público que, más allá de sus intereses comerciales, incluye la noción de garantizar ciertos derechos básicos: alimentación, salud, vivienda, educación. No por altruismo, sino porque saben que un país con millones de personas excluidas no es un socio confiable ni un mercado sostenible.
Este modelo no es socialista puro ni un paraíso igualitario, pero entiende algo que el neoliberalismo radical niega: la estabilidad de un país no se logra con hambre y exclusión. Y esa lógica, aplicada a las alianzas internacionales, significa ofrecer financiamiento para infraestructura, acuerdos energéticos, transferencia tecnológica y cooperación comercial… sin exigir el desmantelamiento de los sistemas de protección social como condición previa.
En un mundo donde el FMI y las potencias occidentales han perfeccionado el arte de la deuda condicionada, la presencia de los BRICS es un contrapeso geopolítico. No es la panacea, pero es una opción.
Y en política internacional, tener opciones es poder.
Porque un país con un solo socio es un país vulnerable.
Y un mundo con un solo centro de mando es un mundo condenado a obedecer
