FMI: la receta para desarmar un país


El FMI no salva, interviene.

Cuando el FMI te presta plata, no te está ayudando. Te está poniendo un grillete.
El interés es apenas el anzuelo. Lo que de verdad se cobra es la soberanía.

Primero, el manual: ajuste brutal, recortes en todo lo que sostiene a la gente. Jubilados a la miseria, universidades desfinanciadas, hospitales vacíos, programas para discapacitados borrados del presupuesto.
Después, la “digitalización” de la economía… pero no para modernizarla: para controlarla. Saber qué comprás, qué vendés, dónde gastás, cómo se mueve cada peso. Un Big Brother financiero disfrazado de eficiencia.

Esto no es un accidente. Es un método. El FMI no viene a salvar países: viene a intervenirlos. El préstamo es la excusa para dictar desde afuera las políticas que adentro nunca ganarían en las urnas.

Y acá es donde entra el verdadero debate: no es obligatorio caer en el FMI.
Pero para evitarlo, se necesita un gobernante con otra cabeza.
Uno que planifique a largo plazo, que diversifique alianzas, que frene la fuga de capitales, que no viva de la deuda para hacer caja política. Uno que entienda que gobernar no es agradar a los mercados, sino defender a su pueblo.

Gobernar sin el FMI es más difícil, sí. Exige orden, creatividad y espalda política. Pero es la única forma de que las decisiones se tomen en la Casa de Gobierno y no en una oficina de Washington.

Porque cuando el FMI entra por la puerta, la soberanía sale por la ventana.
Y un país que no se manda solo, no es un país: es una sucursal.

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