
En nuestra cultura latinoamericana existe el convencimiento de que el amor conlleva sufrimiento
, lágrimas
, celos enfermizos
(una buena cuota de toxicidad, en lo posible
) y noches de desvelo
.
Sin embargo, ese es un guión cultural de antes de nuestra abuela
, que se viene traspasando de generación en generación
.
Es así que, al día de hoy, hay quienes presumen de intensidad, cuando una relación debiera traer calma
, paz
, seguridad
, tranquilidad
y salud
, tanto física como mental
.
En el pragmatismo de una persona analítica de su entorno
, no se puede concebir la violencia en una pareja o en una expareja, y mucho menos cuando ha sido construida sobre la base de “tips culturales” que nos taladraron el seso desde jóvenes ![]()
.
Mi sugerencia es proponerse vivir un amor amoroso
. No un amor que altere nuestro sistema nervioso
y lleve el cortisol a las nubes ![]()
.
Porque ese cortisol alto —producto del estrés emocional constante— no solo arruina la dinámica de pareja o de familia
, sino que también desencadena efectos muy concretos sobre el cuerpo:
–
Aumenta la presión arterial.
–
Afecta el sueño y el descanso.
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Dispara cuadros de ansiedad, angustia y depresión.
–
Desregula el metabolismo y favorece el aumento de grasa abdominal.
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Daña los huesos, los músculos y la piel.
–
Y con el tiempo, debilita al corazón y al sistema inmune.
Vivir en ese estado de alerta
, es en realidad, un proceso de autodestrucción silenciosa ![]()
.
Y como todo lo aprendido, se puede desaprender .
A tiempo
.
No sólo la mala alimentación conlleva enfermedades ![]()
, la mala vida que le damos a nuestro sistema nervioso ![]()
también.
