Capítulo 6 – «General» llegó al amanecer


El invierno avanzaba con paso firme. Las mañanas ya no traían rocío, sino escarcha. Las ramas crujían bajo el peso de la helada, y los gatos pasaban más horas enroscados que despiertos. Shane había desarrollado una nueva rutina: leer historia argentina con una manta sobre las piernas y una gata sobre los pies.

Llevaba días inmersa en lecturas intensas. Leía sobre 1946, sobre planes quinquenales, sobre derechos laborales y sobre una época en la que —decía uno de los libros— “la Argentina se plantó frente al mundo con dignidad, como quien ha comprendido que la justicia social no es un favor, sino un derecho”.

Eso le quedó resonando. Como un eco.

Una mañana, el golpeteo en la puerta la sacó de sus notas. Era temprano, y la escarcha todavía dibujaba mapas sobre la galería. Al abrir, encontró a Mirtha, la vecina de dos cuadras más allá, con un bulto tibio en brazos.

—Lo encontraron en la plaza, lo iban a llevar a la perrera. Me dijeron que usted pensaba tener uno… y pensé: esta es la casa.

Shane bajó la vista. El perro era de tamaño mediano, con el lomo claro y las patas oscuras. Tenía orejas grandes, hocico suave y ojos que parecían conocer algo del mundo. No temblaba. Solo esperaba.

Era cachorro, sí. Pero no de los que se quedan chiquitos. Se le notaba en las patas grandes, desproporcionadas, y en el modo en que intentaba sentarse y terminaba despatarrado. Tenía la torpeza noble de los perros que van a ser enormes. Shane lo observaba moverse con curiosidad: era como ver un deseo crecer en cámara lenta. Uno que, además, babeaba.

—Gracias, Mirtha. De verdad. Déjemelo acá.

Cuando entró con él, los tres gatos aparecieron como convocados por un sonar inaudible.

Ducedo lo miró desde arriba del respaldo del sillón, con una ceja mental levantada.
Tabio erizó la espalda y se retiró con una dignidad ofendida.
Calicó, en cambio, se acercó y olfateó sin miedo. Luego se sentó con lentitud, como una guardiana de ceremonias.

—Esto no es un juego —murmuró Calicó en su idioma felino, que Shane, por supuesto, entendía—. Pero es necesario. El frío avanza, y con él, los ruidos extraños. Este perro huele a decisión.

—¿Decisión? ¡Huele a invasión! —protestó Ducedo.

—Un can es un centinela. Nos puede proteger. Y además… ella necesita hablar con alguien cuando vuelva a verlo —añadió Calicó, sin aclarar a quién se refería.

Esa noche, Shane escribió en su cuaderno una sola línea:
“Se va a llamar General. Porque llegó para cuidar lo que es del pueblo.”

Y sonrió, imaginando la cara de Juan Cruz cuando se lo dijera. Aunque todavía no sabía cuándo volvería a verlo, ya tenía tema de conversación. Un buen tema.


A la semana siguiente, Shane decidió llevar al General al río. Necesitaba estirar las piernas, despejar la cabeza y, quizás, ordenar emociones que venían agolpándose con las lecturas, las fotos antiguas, los ojos de Juan Cruz y la presencia constante del perro, que empezaba a ocupar espacios físicos y simbólicos.

Tomó su bolso de lona, calzó las botas viejas y cruzó el pueblo hasta llegar a la costanera. El camino de tierra la sacudía en cada paso, pero ella avanzaba con ese andar de quien ha aprendido a caminar con peso en la espalda sin que se le note.

La costa del río estaba más baja que de costumbre. Las piedras grandes asomaban como testigos cansados, y la arena húmeda se mezclaba con ramas secas y restos de caracoles. General corría adelante, olfateándolo todo, y volvía cada tanto como para asegurarse de que ella lo seguía. Era un custodio sin entrenamiento, pero con un compromiso innato.

Shani se sentó en una piedra grande, con vista al agua lenta y parda. El río tenía ese color de sopa primitiva que todo lo arrastra pero nada delata. Allí, entre los reflejos de sauces y el viento tibio del norte, le llegaron recuerdos como burbujas:
—La primera vez que cruzó un río sola, a los 11.
—La tarde en que decidió no volver a casa después de que su madre le gritara delante de todos.
—El chico que le escribió un poema en la secundaria y al que ella no supo qué decirle, porque aún no hablaba el idioma del cariño.

El río no era nostalgia. Era raíz. Era frontera y espejo.

En el regreso, con el sol ya alto, pasó por lo de Don Esteban, el pescador. Compró tres bogas frescas, ya limpias, y las guardó envueltas en papel. Cuando General olfateó el paquete, ladró una sola vez, convencido de que ahí empezaba su futuro.

—A vos te vamos a hacer entrar en cetosis, compañero —le dijo Shane—. Ni sueñes con el pan.

De paso por el centro, vio que habían pegado en el corcho de la cooperativa una invitación en letras verdes y violetas:

“Gran Fiesta Popular – Peña, Comida, Música y Baile – Este sábado desde las 21 hs en el SUM del Club Social”
“Entrada libre. Traé tu vaso, tus ganas y lo que se te cante”

Shani la leyó sin expresión. Luego se la guardó en el bolsillo de la campera.

—Quizás encuentre a Juan Cruz. Quizás no. Que el destino decida.

Ella no era romántica. Había pasado por suficientes idas y vueltas como para no idealizar encuentros. Pero si iba, sería con el vestido que le gustaba, con pulseras que tintineaban, y con la seguridad de que —haya o no haya cruce de miradas— ella se iría habiendo bailado. Porque eso también era ser libre.

Esa noche, en la cocina, mientras los gatos devoraban el pescado recién hervido con un entusiasmo que rayaba la euforia, General recibió su primera cena keto: un cuenco tibio de carne, caldo y un poco de grasa de boga. Movió la cola con tal alegría que tiró una silla. Ducedo bufó. Tabio resopló. Calicó, firme como una ministra de defensa, los miró a todos:

—Lo dije. Este perro vino a quedarse. Y a protegernos.
—¿Y a comer nuestra cena? —gruñó Tabio.
—A compartir. Que no es lo mismo. Aprendan, que la patria se construye con unidad.

Shani se rió, bajito, mientras secaba los platos.

—Calicó, sin duda, es una dirigente con liderazgo natural —dijo.
Y así terminó ese día. Y con él, un capítulo que todavía no sabía que ya estaba empezando.

,

Deja un comentario