Durante mucho tiempo supimos que la política significaba, ni más ni menos, que el conjunto de acciones desarrolladas por un grupo de personas que buscaba cambiar y mejorar el bienestar de la comunidad. Hoy, en cambio, el mensaje que predomina en la política es otro: la supervivencia individual. Ya no se discute cómo vivir mejor colectivamente, sino quién, en su individualidad, logra ventajear a los demás. Ese desplazamiento no es menor. Cuando el nosotros desaparece del centro de la escena, también lo hace, la posibilidad de un futuro mejor. Esto es así porque los logros individuales no garantizan el bienestar de una comunidad, sea esta una familia, un pueblo, una región o un país.
Cuando alguien habla de construir una nación, de pensar un proyecto en común, de que el Estado tenga un rol activo en garantizar derechos, esas ideas son rápidamente estigmatizadas. Se las presenta como algo incorrecto, anticuado o inviable. Aparecen frases como “no pueden pretender que el Estado los salve” o “el mercado se regula solo”. Esto significa que las opciones que nos ofrece la coyuntura actual en la Argentina giran todas en torno a lo mismo, dejando de lado una verdadera opción diferente: aquella que garantiza el cumplimiento de lo explicado en el primer párrafo. De ese modo, se vacía de contenido la política y se deslegitima, casi sin que se note, la idea misma de una salida colectiva.
En este escenario ocurre algo todavía más grave: la degradación empieza a vivirse como normalidad. Cada generación vive un poco peor que la anterior, con menos derechos, menos estabilidad y menos horizonte. Y, sin embargo, se la induce a creer que eso es lo natural, lo esperable, lo que hay. El problema ya no es solo la caída, sino la anestesia frente a la caída. Lo verdaderamente peligroso no es degradarse, sino CREER QUE ESO ES NORMAL.
Decir todo esto no implica afirmar que el destino esté sellado de manera inexorable. Implica, más bien, asumir con honestidad que este es el rumbo que se consolida cuando se lo acepta sin discusión. No porque sea inevitable por naturaleza, sino porque se lo naturaliza política, cultural y mediáticamente. La verdadera pregunta, entonces, ya no es si existe una crisis, sino si todavía somos capaces de dejar de llamar “normal” a lo que nos está degradando como sociedad.
