La noche se encendía antes de que el sol terminara de esconderse. En la plaza del pueblo, las guirnaldas de bombitas de colores parecían estrellas bajas, y el aire se impregnaba con el aroma de las brasas y el pescado al disco. El invierno traía un frío que pedía fuego y abrazo, y la gente lo encontraba en el calor de la música y las charlas largas.
Para la ocasión, Shani había elegido un vestido que no pasaba inadvertido: falda amplia y ondulante, con estampados en rojo, naranja y turquesa que parecían atrapar un atardecer tropical. Sobre los hombros, un chal tejido a mano en tonos dorados que contrastaban con su piel clara. El cabello pelirrojo, largo y ondulado, lo dejó suelto, salvo por una fina trenza lateral que sostenía un pequeño dije de piedra verde. Sus pulseras —mezcla de cuero, madera y cuentas de vidrio— tintineaban como campanas diminutas cada vez que se movía.
En cuanto apareció en la cocina, lista para salir, Ducedo la miró de arriba abajo y soltó:
—Ajá… vestido de colores vivos, pelo suelto… Esto huele a chamamé con final feliz.
Tabio, estirándose sobre el respaldo de una silla, agregó:
—¿Y ese perfume? No es para ir a comprar zapallo al almacén…
Calicó, con una mirada de medio lado, fue más directa:
—Te arreglaste para Juan Cruz, ¿no? Si me vas a mentir, que sea después de las empanadas.
Shani sonrió sin darles la razón, pero tampoco negarla. El perrito, echado junto a la puerta, levantó la cabeza y la miró en silencio, con ese gesto de perro que todo lo sabe pero nunca lo dice.
La fiesta era un mosaico de sonrisas. Familias enteras compartían mesas de madera bajo los árboles; parejas jóvenes y mayores bailaban chamamé con pasos seguros, mientras los niños corrían entre los puestos. El humo de las parrillas se mezclaba con la música, y cada tanto alguien soltaba una carcajada que contagiaba a los de alrededor.
Shani aceptó un plato de asado jugoso y una porción de pescado al disco y no pudo resistirse a las empanadas calientes. Sabía que la masa rompía su regla de alimentación cetogénica… pero no le importó. No por tentación, sino porque le gustaban demasiado como para decir que no.
Con el plato en mano, caminó despacio entre la gente, disfrutando la mezcla de aromas y sonidos, hasta que, entre una pareja que bailaba y un grupo de músicos afinando, lo vio: Juan Cruz, de pie, hablando con unos hombres mayores.
En la mesa contigua, una mujer mayor de cabello recogido —la tía Elena— observó a Shani con atención. Sus ojos chispearon de reconocimiento y, sin perder tiempo, se inclinó hacia su sobrino.
—Juancito… mirá quién está ahí.
Él giró la cabeza y la vio. La sonrisa le cambió el rostro. Interrumpió la conversación, se disculpó con los hombres y caminó hacia ella, apartando con delicadeza a un par de chicos que corrían jugando entre las mesas.
—¡Qué alegría encontrarte acá! Vení, quiero presentarte a mi familia.
Shani aceptó la invitación y, en pocos minutos, sintió que aquella mesa la recibía como si la conocieran desde siempre.
El aroma del asado recién servido se mezclaba con el del pescado al disco y las empanadas que seguían saliendo del horno de barro. Las guitarras marcaban el compás mientras el acordeón dejaba escapar esas melodías profundas que parecían contar historias de varias generaciones. El bombo acompañaba con un pulso constante, como si fuera el corazón mismo de la peña.
La gente reía, brindaba, cantaba. Había parejas de todas las edades bailando chamamé con naturalidad y elegancia, sin exhibiciones, simplemente disfrutando de la música y del abrazo.
Juan Cruz le tendió la mano.
—¿Bailamos?
Shani aceptó.
Al principio fue él quien la guió con paciencia por los primeros pasos del chamamé. Ella sonreía cada vez que se equivocaba y él, lejos de corregirla con rigidez, transformaba cada error en una excusa para reír juntos.
Las miradas empezaban a decir mucho más que las palabras.
Después de varios temas, Shani lo sorprendió.
—Ahora me toca enseñarte a vos.
—¿Qué cosa?
—Zamba. Mi mamá me enseñó cuando era chica.
Juan Cruz aceptó el desafío entre risas.
El ritmo cambió y, por unos minutos, fue Shani quien marcó los pasos. Él la siguió como pudo, mientras ambos disfrutaban la libertad de bailar sin preocuparse por hacerlo perfecto.
Alternaron chamamés y zambas durante horas.
Ni el frío del invierno consiguió detener aquella noche.
Cuando las guitarras comenzaron a despedirse y el cielo empezó a aclarar lentamente, decidieron alejarse un poco del bullicio.
Caminaron juntos hasta la costa del río.
La neblina cubría el agua con una delicadeza casi mágica. Encontraron un banco de madera desde donde podía escucharse el rumor constante de la corriente.
Durante algunos minutos permanecieron en silencio.
Fue Juan Cruz quien habló primero.
—Yo también vivo viajando de pueblo en pueblo.
Shani lo miró con curiosidad.
—¿Por trabajo?
Él negó con una sonrisa.
—No solamente. Me gusta la política. Me gusta hablar con la gente, escucharla. Siempre sentí que algún día podría representar a mi provincia.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Supongo que viene de familia. Mi tía Elena militó desde muy joven junto a Aurelio Mancilla. Crecí escuchando esas historias.
Shani asintió.
—Sí… me habías contado que lo conocían. Pero nunca te pregunté cómo era él.
Juan Cruz apoyó los codos sobre las rodillas.
—Era un hombre sencillo, de esos que escuchaban más de lo que hablaban. Tenía convicciones muy firmes, pero jamás imponía sus ideas. Convencía conversando. Mi tía siempre decía que Aurelio prefería perder una discusión antes que perder un amigo.
Shani guardó aquellas palabras con cuidado.
Intuía que, detrás de ese recuerdo, podía encontrarse otra pieza importante del misterio que la había llevado hasta aquella casa.
Regresaron caminando lentamente. El amanecer comenzaba a pintar de naranja los árboles cuando llegaron a la tranquera.
Durante unos segundos permanecieron frente a frente, sin decir una palabra. Habían compartido una noche de música, risas y confidencias. Ninguno quería romper aquel instante.
Juan Cruz acarició con suavidad una de las manos de Shani. Ella levantó la vista y sonrió.
Sin prisa, como si el tiempo hubiera decidido detenerse unos segundos para ellos, él se acercó y la besó.
Fue un beso sereno, cálido, nacido de la complicidad que había crecido durante toda la noche. No hizo falta decir nada más.
Cuando Juan Cruz se alejó por el sendero, Shani permaneció unos instantes apoyada sobre la tranquera, siguiéndolo con la mirada hasta perderlo de vista.
Desde la ventana, Calicó observó toda la escena moviendo apenas la punta de la cola.
—Al fin… —pensó—. ¡Cuánto protocolo para darse un beso! Si hubieran sido gatos, esto se resolvía hace tres capítulos

